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Ruta. Entre lavandas, frailes, romanos y viñedos

Ruta. Entre lavandas, frailes, romanos y viñedos

Además de los cultivos de lavanda, los alrededores de Caleruega concentran un valioso conjunto de rincones singulares. Desde la memoria de Santo Domingo de Guzmán hasta las ruinas de la ciudad romana de Clunia Sulpicia, pasando por la patrimonial villa de Peñaranda de Duero. Y, qué decir, de los excelentes vinos que se crían en este ameno territorio, que en parte pertenece a la Ribera del Duero.

Caleruega, la cuna de un santo universal

Tras recrear los sentidos con sus vistosos campos de lavanda, merece la pena conocer un poco de la historia y el patrimonio de Caleruega. Famosa sobre todo por ser el lugar de nacimiento, en 1170, de Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, conviene visitar el torreón solariego de los Guzmanes y el convento de las dominicas, que luce una iglesia clasicista con llamativa cúpula sobre el crucero, edificada en 1600. Entre otras dependencias pueden recorrerse el coro de las monjas —que formaba parte de la antigua iglesia gótica y es su elemento arquitectónico más valioso—, la cripta, el varias veces reconstruido claustro y un bien dotado museo monacal.

Por Espinosa de Cervera y Valdeande

Desde Caleruega hay que tomar la BU-910 que, en menos de diez minutos, nos llevará hasta Espinosa de Cervera. Al pie de las Lomas de Cervera y a un paso del nacimiento del río Esgueva, esta localidad luce una interesante iglesia con cabecera y torre de estilo románico fechadas a mediados del siglo XII. No muy lejos pueden visitarse una valiosa dehesa de robles y la venerada ermita de la Talamanquilla. De regreso a Caleruega y recreándonos en los austeros paisajes por los que también discurre la histórica ruta del Camino del Cid, la BU-920 nos deja en Valdeande. El interesante conjunto patrimonial de este pueblo del alto Esgueva se centra en su arquitectura popular, en su enorme y original fuente románica con forma de capilleta y, sobre todo, en la iglesia parroquial de San Pedro. El templo, que preside el pueblo y junto al que crece un centenario ejemplar de moral, guarda en su sobrio interior uno de los retablos manieristas —fechado en el segundo tercio del siglo XVI— más notables de todo el Renacimiento burgalés.

Paisajes con vino

Toda la zona que estamos recorriendo pertenece a la D.O. Ribera del Duero y eso se nota en el paisaje, en el que despuntan los añosos viñedos, y en la arquitectura popular. Un buen ejemplo de esto último lo podemos ver en el propio Valdeande, con un interesante conjunto de lagares. Gracias al proyecto MUSEOS VIVOS es posible visitar por libre una de estas antiguas construcciones de piedra en las que se pisaba la uva.

Nuestro recorrido pasa por Tubilla del Lago para llegar a Baños de Valdearados, ya en la vega del río Bañuelos, donde aparecieron los restos de la villa romana de Santa Cruz. Fechada en los siglos IV y V, su salón principal apareció pavimentado con un mosaico dedicado, como no podía ser de otra manera, al dios Baco. En memoria de este hallazgo se celebra todos los años en la localidad la concurrida Fiesta a Baco.

Una villa de película

Por un paisaje en el que se alternan viñedos —los más prometedores de la zona por su elevada altitud— y densos bosquetes de encina, la carretera BU-923 deja atrás Hontoria de Valdearados y enfila hacia Peñaranda de Duero. Justo antes de entrar en la localidad hay que parar en su castillo, desde el que se dominan bellas perspectivas del caserío y del abierto paisaje que lo envuelve. Peñaranda de Duero es una villa con todos los alicientes para convertirse en escenario de película. Dominada por un desafiante castillo, en su bien conservado ámbito urbano destaca su amplia plaza Ducal, un armonioso escenario presidido por un artístico rollo jurisdiccional y flanqueado por el palacio de Avellaneda y la excolegiata de Santa Ana.
Tras admirar estos lujosos edificios que guardan la memoria de los condes de Miranda, poderosos señores del lugar, aún queda por disfrutar una arquitectura popular en la que destacan las casas con soportales y entramados de madera rellenos de adobe. 
Peñaranda de Duero presume también de uno de los establecimientos farmacéuticos más antiguos de España: la botica de Ximeno. Inaugurada por Andrés Ximeno en 1685, sigue abierta y mantiene su disposición original.

Por el valle del Arandilla

Aunque el topónimo de Peñaranda hace referencia al Duero, en realidad se localiza junto a la orilla de uno de sus afluentes: el Arandilla. Nuestra ruta remonta su curso pasando por Arandilla para alcanzar Coruña del Conde. Esta localidad, que a comienzos de la Edad Media recogió el testigo y el nombre de la ciudad romana de Clunia, cuenta con un estratégico castillo, muy disputado por musulmanes y cristianos y que sirvió de plataforma para el pionero de la aviación Diego Marín Aguilera, que en 1793 se lanzó desde una de sus torres montado en un artilugio volador de fabricación propia. También destacan sus dos puentes de origen romano y la original iglesia románica del Santo Cristo.

El primer hombre que voló

El pastor Diego Marín Aguilera destacó desde muy joven por su capacidad inventiva, lo que le llevó a construir ingenios para serrar mármol, mover batanes o mejorar el rendimiento de los molinos del Arandilla. Su curiosidad y las largas horas que dedicaba a observar el vuelo de las aves rapaces impulsaron su deseo de volar. Con ese fin diseñó un aparato con armazón de madera y alas formadas por varillas de hierro y alambre, forradas con plumas de águilas. La tarde del 15 de mayo de 1793 se lanzó al vacío desde lo alto del castillo, realizando un recorrido de más de 350 metros. Este auténtico pionero de la aviación, sin duda el primer hombre que realizó el mítico sueño de volar, terminó su planeo debido a la rotura de una sujeción del ala derecha de su artilugio.

Un románico muy romano

En las afueras de la población y a la vista del castillo se levanta la ermita románica del Santo Cristo. Consta de una única y alargada nave en cuyo muro meridional se abre una portada resaltada de sencillas y poco decoradas arquivoltas. Adosado a la cabecera de la nave se descubre el elemento de mayor singularidad e importancia artística del templo: su ábside de planta cuadrada. De aspecto primitivo y difícil datación, algunos expertos lo sitúan entre los siglos XI y XII. Para otros investigadores podría ser anterior y estar emparentado con las fases más tempranas del románico de la primitiva catedral de Burgos o de los monasterios de San Pedro de Arlanza y Santo Domingo de Silos. También hay quien considera que, aunque muy modificado, habría formado parte de una iglesia prerrománica más antigua. La decoración exterior del ábside —en cuya fábrica se reutilizaron muchos materiales romanos procedentes de Clunia— se organiza mediante una serie de arcos ciegos, ligeramente peraltados, distribuidos en sus tres muros. El muro oriental presenta tres arcadas con aristas boceladas que se apoyan en alargados capiteles y altos fustes; los de las fachadas laterales muestran solo dos arcos, de aristas vivas y decoración más simple.

Colonia Clunia Sulpicia

A un paso de Coruña del Conde, con acceso desde Peñalba de Castro y sobre una extensa meseta que preside el valle del Arandilla, se descubren las ruinas de Clunia Sulpicia. Ni el paso del tiempo ni los más intensos avatares históricos han conseguido desdibujar la importancia de esta ciudad romana, que llegó a contar con cerca de 30.000 habitantes y que incluso acogió el nombramiento de Servio Sulpicio Galba como emperador de Roma. En agradecimiento, el sucesor de Nerón la elevó al rango de colonia y le dio su nombre.
La visita de sus ruinas permite hacerse una idea cabal de lo que fue un gran centro judicial, administrativo y religioso por el que pasaban muchas de las vías de comunicación de la región.  Con numerosos edificios públicos, sus habitantes disfrutaron de un monumental foro —gran plaza rectangular porticada situada en la intersección del cardo máximo y el decumanus— con su basílica judicial, su templo dedicado a Júpiter y su mercado, el macellum, con pequeñas tiendas independientes. Como cualquier ciudad de su categoría, contaba con termas públicas. El resto arquitectónico más llamativo de Clunia es su teatro. Situado en las afueras y excavado parcialmente en una de las laderas rocosas del cerro, fue construido a principios del siglo I d. C. Con capacidad para 9.144 espectadores, es el de mayor aforo de toda la Hispania romana, y además de representaciones teatrales acogió luchas de gladiadores y combates entre fieras. En la actualidad, durante el verano, sigue celebrando en sus rehabilitados graderíos distintos festivales y espectáculos teatrales.
En breve podrá visitarse también un novedoso Centro de Recepción de Visitantes, en el que destacará la recreación virtual del famoso santuario priápico subterráneo de Cueva Román.


El pueblo de los nombres raros

La villa de Huerta de Rey se alza a la entrada de un largo y estrecho desfiladero abierto por el río Arandilla, en el límite entre los primeros relieves serranos y las últimas manifestaciones de la Ribera del Duero. Ese carácter de transición también se aprecia en su arquitectura popular, en una localidad de larga historia que fue capital de un importante alfoz altomedieval. Un dato anecdótico son los curiosos nombres que poseen muchos de sus habitantes. Herótida, Neomisia, Procopio, Aproniano, Etelvina, Hierónides, Burgundófora, Canuto, Dulcardo, Ursicina, Batilde o Austringiliano fueron nombres frecuentes entre sus vecinos. Todo se debió a la afición de un secretario del ayuntamiento que, para evitar la duplicidad de los nombres más comunes, recurría al martirologio.

Los tres Arauzos

Desde Huerta de Rey, la carretera BU-921 nos lleva hasta el primero de los tres Arauzos: Arauzo de Miel. Emplazado a los pies de una serie de modestas serranías calizas cubiertas de sabinas —pertenece al Parque Natural de los Sabinares del Arlanza—, su bien conservado caserío, repleto de casonas señoriales, está presidido por la silueta de la iglesia de Santa Eulalia, que luce una de las portadas renacentistas más interesantes de la provincia burgalesa.

Paraíso para las aves acuáticas

Por una carretera local que sigue el curso del río Aranzuelo se llega hasta Arauzo de Salce, que guarda una inesperada sorpresa medioambiental: el embalse del arroyo de Sinovas. Construido para regular el regadío de la comarca, se ha convertido en una valiosa zona húmeda para numerosas especies de aves. Desde cualquier punto de sus casi cinco kilómetros de costa pueden observarse, según la época del año, la rara y majestuosa águila pescadora, el pequeño andarríos y, entre otros muchos, ánade friso, cerceta común, silbón europeo, gaviotas reidora y sombría, cormorán grande, garza real, somormujo lavanco y aguilucho lagunero.

Bodega, muladar y Loberas

Tras pasar por Arauzo de Torre, la BU-922 enfila hacia Caleruega. Pero antes de finalizar este periplo esperan tres imprescindibles paradas. Señalizada y con acceso a pie desde la carretera, la primera es la conocida como la bodega de Alfonso VIII. Excavada en la roca viva, la bodega consta de una sola y larga nave, levemente inclinada para evacuar el agua que rezumaba de las paredes del fondo y se recogía en una pila labrada en el suelo. Con una longitud de treinta metros, cinco de altura y casi cuatro de ancho, llaman la atención los profundos cabañones laterales en los que se situaban las cubas o las enormes tinajas.
A cien metros de la bodega se localiza el Muladar de Caleruega, un recinto cerrado al que se accede desde un recuperado palomar, y en el que pueden observarse cientos de ejemplares de buitre leonado, buitre negro, alimoche y milano real alimentándose de las carroñas procedentes de las granjas porcinas del entorno.
La última parada, esta vez a la derecha de la carretera, permite acceder a Las Loberas, una serie de tenadas rehabilitadas en medio de un denso encinar, que presentan un espacio circular de piedra en el que los pastores pernoctaban y se protegían en caso de ataque de los lobos a las ovejas.



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Caleruega, la cuna de un santo universal

Tras recrear los sentidos con sus vistosos campos de lavanda, merece la pena conocer un poco de la historia y el patrimonio de Caleruega. Famosa sobre todo por ser el lugar de nacimiento, en 1170, de Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, conviene visitar el torreón solariego de los Guzmanes y el convento de las dominicas, que luce una iglesia clasicista con llamativa cúpula sobre el crucero, edificada en 1600. Entre otras dependencias pueden recorrerse el coro de las monjas —que formaba parte de la antigua iglesia gótica y es su elemento arquitectónico más valioso—, la cripta, el varias veces reconstruido claustro y un bien dotado museo monacal.

Por Espinosa de Cervera y Valdeande

Desde Caleruega hay que tomar la BU-910 que, en menos de diez minutos, nos llevará hasta Espinosa de Cervera. Al pie de las Lomas de Cervera y a un paso del nacimiento del río Esgueva, esta localidad luce una interesante iglesia con cabecera y torre de estilo románico fechadas a mediados del siglo XII. No muy lejos pueden visitarse una valiosa dehesa de robles y la venerada ermita de la Talamanquilla. De regreso a Caleruega y recreándonos en los austeros paisajes por los que también discurre la histórica ruta del Camino del Cid, la BU-920 nos deja en Valdeande. El interesante conjunto patrimonial de este pueblo del alto Esgueva se centra en su arquitectura popular, en su enorme y original fuente románica con forma de capilleta y, sobre todo, en la iglesia parroquial de San Pedro. El templo, que preside el pueblo y junto al que crece un centenario ejemplar de moral, guarda en su sobrio interior uno de los retablos manieristas —fechado en el segundo tercio del siglo XVI— más notables de todo el Renacimiento burgalés.

Paisajes con vino

Toda la zona que estamos recorriendo pertenece a la D.O. Ribera del Duero y eso se nota en el paisaje, en el que despuntan los añosos viñedos, y en la arquitectura popular. Un buen ejemplo de esto último lo podemos ver en el propio Valdeande, con un interesante conjunto de lagares. Gracias al proyecto MUSEOS VIVOS es posible visitar por libre una de estas antiguas construcciones de piedra en las que se pisaba la uva.

Nuestro recorrido pasa por Tubilla del Lago para llegar a Baños de Valdearados, ya en la vega del río Bañuelos, donde aparecieron los restos de la villa romana de Santa Cruz. Fechada en los siglos IV y V, su salón principal apareció pavimentado con un mosaico dedicado, como no podía ser de otra manera, al dios Baco. En memoria de este hallazgo se celebra todos los años en la localidad la concurrida Fiesta a Baco.

Una villa de película

Por un paisaje en el que se alternan viñedos —los más prometedores de la zona por su elevada altitud— y densos bosquetes de encina, la carretera BU-923 deja atrás Hontoria de Valdearados y enfila hacia Peñaranda de Duero. Justo antes de entrar en la localidad hay que parar en su castillo, desde el que se dominan bellas perspectivas del caserío y del abierto paisaje que lo envuelve. Peñaranda de Duero es una villa con todos los alicientes para convertirse en escenario de película. Dominada por un desafiante castillo, en su bien conservado ámbito urbano destaca su amplia plaza Ducal, un armonioso escenario presidido por un artístico rollo jurisdiccional y flanqueado por el palacio de Avellaneda y la excolegiata de Santa Ana.
Tras admirar estos lujosos edificios que guardan la memoria de los condes de Miranda, poderosos señores del lugar, aún queda por disfrutar una arquitectura popular en la que destacan las casas con soportales y entramados de madera rellenos de adobe. 
Peñaranda de Duero presume también de uno de los establecimientos farmacéuticos más antiguos de España: la botica de Ximeno. Inaugurada por Andrés Ximeno en 1685, sigue abierta y mantiene su disposición original.

Por el valle del Arandilla

Aunque el topónimo de Peñaranda hace referencia al Duero, en realidad se localiza junto a la orilla de uno de sus afluentes: el Arandilla. Nuestra ruta remonta su curso pasando por Arandilla para alcanzar Coruña del Conde. Esta localidad, que a comienzos de la Edad Media recogió el testigo y el nombre de la ciudad romana de Clunia, cuenta con un estratégico castillo, muy disputado por musulmanes y cristianos y que sirvió de plataforma para el pionero de la aviación Diego Marín Aguilera, que en 1793 se lanzó desde una de sus torres montado en un artilugio volador de fabricación propia. También destacan sus dos puentes de origen romano y la original iglesia románica del Santo Cristo.

El primer hombre que voló

El pastor Diego Marín Aguilera destacó desde muy joven por su capacidad inventiva, lo que le llevó a construir ingenios para serrar mármol, mover batanes o mejorar el rendimiento de los molinos del Arandilla. Su curiosidad y las largas horas que dedicaba a observar el vuelo de las aves rapaces impulsaron su deseo de volar. Con ese fin diseñó un aparato con armazón de madera y alas formadas por varillas de hierro y alambre, forradas con plumas de águilas. La tarde del 15 de mayo de 1793 se lanzó al vacío desde lo alto del castillo, realizando un recorrido de más de 350 metros. Este auténtico pionero de la aviación, sin duda el primer hombre que realizó el mítico sueño de volar, terminó su planeo debido a la rotura de una sujeción del ala derecha de su artilugio.

Un románico muy romano

En las afueras de la población y a la vista del castillo se levanta la ermita románica del Santo Cristo. Consta de una única y alargada nave en cuyo muro meridional se abre una portada resaltada de sencillas y poco decoradas arquivoltas. Adosado a la cabecera de la nave se descubre el elemento de mayor singularidad e importancia artística del templo: su ábside de planta cuadrada. De aspecto primitivo y difícil datación, algunos expertos lo sitúan entre los siglos XI y XII. Para otros investigadores podría ser anterior y estar emparentado con las fases más tempranas del románico de la primitiva catedral de Burgos o de los monasterios de San Pedro de Arlanza y Santo Domingo de Silos. También hay quien considera que, aunque muy modificado, habría formado parte de una iglesia prerrománica más antigua. La decoración exterior del ábside —en cuya fábrica se reutilizaron muchos materiales romanos procedentes de Clunia— se organiza mediante una serie de arcos ciegos, ligeramente peraltados, distribuidos en sus tres muros. El muro oriental presenta tres arcadas con aristas boceladas que se apoyan en alargados capiteles y altos fustes; los de las fachadas laterales muestran solo dos arcos, de aristas vivas y decoración más simple.

Colonia Clunia Sulpicia

A un paso de Coruña del Conde, con acceso desde Peñalba de Castro y sobre una extensa meseta que preside el valle del Arandilla, se descubren las ruinas de Clunia Sulpicia. Ni el paso del tiempo ni los más intensos avatares históricos han conseguido desdibujar la importancia de esta ciudad romana, que llegó a contar con cerca de 30.000 habitantes y que incluso acogió el nombramiento de Servio Sulpicio Galba como emperador de Roma. En agradecimiento, el sucesor de Nerón la elevó al rango de colonia y le dio su nombre.
La visita de sus ruinas permite hacerse una idea cabal de lo que fue un gran centro judicial, administrativo y religioso por el que pasaban muchas de las vías de comunicación de la región.  Con numerosos edificios públicos, sus habitantes disfrutaron de un monumental foro —gran plaza rectangular porticada situada en la intersección del cardo máximo y el decumanus— con su basílica judicial, su templo dedicado a Júpiter y su mercado, el macellum, con pequeñas tiendas independientes. Como cualquier ciudad de su categoría, contaba con termas públicas. El resto arquitectónico más llamativo de Clunia es su teatro. Situado en las afueras y excavado parcialmente en una de las laderas rocosas del cerro, fue construido a principios del siglo I d. C. Con capacidad para 9.144 espectadores, es el de mayor aforo de toda la Hispania romana, y además de representaciones teatrales acogió luchas de gladiadores y combates entre fieras. En la actualidad, durante el verano, sigue celebrando en sus rehabilitados graderíos distintos festivales y espectáculos teatrales.
En breve podrá visitarse también un novedoso Centro de Recepción de Visitantes, en el que destacará la recreación virtual del famoso santuario priápico subterráneo de Cueva Román.


El pueblo de los nombres raros

La villa de Huerta de Rey se alza a la entrada de un largo y estrecho desfiladero abierto por el río Arandilla, en el límite entre los primeros relieves serranos y las últimas manifestaciones de la Ribera del Duero. Ese carácter de transición también se aprecia en su arquitectura popular, en una localidad de larga historia que fue capital de un importante alfoz altomedieval. Un dato anecdótico son los curiosos nombres que poseen muchos de sus habitantes. Herótida, Neomisia, Procopio, Aproniano, Etelvina, Hierónides, Burgundófora, Canuto, Dulcardo, Ursicina, Batilde o Austringiliano fueron nombres frecuentes entre sus vecinos. Todo se debió a la afición de un secretario del ayuntamiento que, para evitar la duplicidad de los nombres más comunes, recurría al martirologio.

Los tres Arauzos

Desde Huerta de Rey, la carretera BU-921 nos lleva hasta el primero de los tres Arauzos: Arauzo de Miel. Emplazado a los pies de una serie de modestas serranías calizas cubiertas de sabinas —pertenece al Parque Natural de los Sabinares del Arlanza—, su bien conservado caserío, repleto de casonas señoriales, está presidido por la silueta de la iglesia de Santa Eulalia, que luce una de las portadas renacentistas más interesantes de la provincia burgalesa.

Paraíso para las aves acuáticas

Por una carretera local que sigue el curso del río Aranzuelo se llega hasta Arauzo de Salce, que guarda una inesperada sorpresa medioambiental: el embalse del arroyo de Sinovas. Construido para regular el regadío de la comarca, se ha convertido en una valiosa zona húmeda para numerosas especies de aves. Desde cualquier punto de sus casi cinco kilómetros de costa pueden observarse, según la época del año, la rara y majestuosa águila pescadora, el pequeño andarríos y, entre otros muchos, ánade friso, cerceta común, silbón europeo, gaviotas reidora y sombría, cormorán grande, garza real, somormujo lavanco y aguilucho lagunero.

Bodega, muladar y Loberas

Tras pasar por Arauzo de Torre, la BU-922 enfila hacia Caleruega. Pero antes de finalizar este periplo esperan tres imprescindibles paradas. Señalizada y con acceso a pie desde la carretera, la primera es la conocida como la bodega de Alfonso VIII. Excavada en la roca viva, la bodega consta de una sola y larga nave, levemente inclinada para evacuar el agua que rezumaba de las paredes del fondo y se recogía en una pila labrada en el suelo. Con una longitud de treinta metros, cinco de altura y casi cuatro de ancho, llaman la atención los profundos cabañones laterales en los que se situaban las cubas o las enormes tinajas.
A cien metros de la bodega se localiza el Muladar de Caleruega, un recinto cerrado al que se accede desde un recuperado palomar, y en el que pueden observarse cientos de ejemplares de buitre leonado, buitre negro, alimoche y milano real alimentándose de las carroñas procedentes de las granjas porcinas del entorno.
La última parada, esta vez a la derecha de la carretera, permite acceder a Las Loberas, una serie de tenadas rehabilitadas en medio de un denso encinar, que presentan un espacio circular de piedra en el que los pastores pernoctaban y se protegían en caso de ataque de los lobos a las ovejas.



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